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Ano VI - Nº 98 - Mario de 2005

Un dentista en la China      

Roberto Beltrán*

Marzo-Abril 2005

 

Todo comenzó cuando… Papi tengo que ir a la China, ¿no quieres venir?  ¡Por supuesto sería fenomenal! Comencé a pasar la voz entre todos los parientes y amigos: “ME VOY A LA CHINA”. Transcurrieron unas semanas. -Papi creo que ya no vamos a la China-. Y ahora cómo les digo a parientes y amigos que ¡YA NO VOY A LA CHINA!

Felizmente las cosas se arreglaron y partimos desde San Francisco, el 28 de marzo a medio día; nos esperaba Beijín a eso de las cinco de la tarde… del día siguiente! En China la primera impresión fue muy favorable, nada de controles exagerados, como atravesar descalzo el detector de objetos letales…  y pase libre en la aduana. 

El hotel nos impresionó con su gran hall de recepción –columnas doradas, sedas y tapices. Luego las camas nos mostraron el lado duro de la vida… y el desayuno, la gran brecha gastronómica. A horas matutinas los chinitos almuerzan una serie de sopas y platos sólidos con una especie de bollos calientes, que preferimos dejar para casos de hambruna. Nos desayunamos con fruta, huevos duros y café con leche, bebida réproba a esas horas del día. Es de notar que casi todo el personal femenino en  tiendas, restaurantes, espectáculos e inclusive en los aviones,  no pasan de los 25 años. ¡Qué contraste con las abuelas del avión gringo! Irreconocibles, si fueran las mismas lindas criaturas que nos alcanzaban, con una sonrisa en los labios, milk and sugar please…para el café, en aquellos viajes de los años sesenta.

En el espectáculo de acrobacia que presenciamos en un teatro, la mayor parte de acróbatas son chinitas como de a metro y medio por unidad. Ellas hacen maravillas increíbles.. Solo les diré que no bien se levanta el telón,  aparece un joven en bicicleta que lleva sobre la cabeza un tubo que termina en una sobrilla alrededor de cuyo bode da vueltas con su mejor sonrisa una chinita en  monociclo.

Nuestro hotel, como de tres pálidas estrellas, parece que no es un hotel particularmente conocido, no encontramos un taxista que nos diera muestras de inteligente reconocimiento. De ordinario salíamos caminando en pos de la gran calle peatonal; allí encontramos una iglesia católica dedicada a San José. En el atrio del templo un par de fotógrafos registraban para la posteridad a una pareja de recién casados, muy elegantes y enamorados; de cola ella, él, de terno en seda color amarillo dorado.

Visitamos todos los monumentos y lugares de primera importancia en Beijín, Chengdú y Xi-an. Claro que la experiencia mayor fue la Gran Muralla. Subimos en cable carril como hasta la mitad de una escalada de unos 30 pisos. La muralla sigue la cresta de la cordillera que separaba China de Mongolia,  Otro lugar maravilloso fue la Ciudad Escondida o Ciudad Prohibida, que fue el palacio de los emperadores. Grandes patios y construcciones de enorme belleza e historia. Por supuesto que llegamos al recinto del emperador, primera esposa y concubinas. En el primer gran patio, una vez traspasada la  puerta sobre la cual se ve un  retrato de Mao Tse Tong a todo color…y de buen genio, nos dimos con un servicio de fotografía donde te prestaban indumentaria imperial para ti y tu pareja.

Visitamos el Mausoleo de Mao; desfilamos frente a sus restos embalsamados e iluminados y compramos un reloj de bolsillo, tapa con la efigie del occiso y cadena, con el cual le iba dando la hora a Eugenio durante todo el camino. Le decía -Eugenito ¿quieres saber la hora? a lo cual me contestaba, por su poca simpatía con el Gran Timonel…NO.  De todas maneras le daba la hora. 

Eugenio traía tres cámaras de fotografía, dos digitales y una a película. Esta era para fotos en blanco y negro y me fue asignada como reconocimiento a mis calidades en el tema de las fotos de antes. No exagero si digo que Eugenio tomó unas mil fotos. Modestamente di cuenta de cinco rollos de 35 exposiciones cada uno.

Después de presentar nuestros respetos a Mao, decidimos intentar el viaje en búsqueda de un templo maoísta utilizando el tren subterráneo, que cuesta centavos. Salimos del subterráneo y caminamos unas veinte cuadras antes de encontrar el famoso templo. En el camino Eugenio tuvo la oportunidad de fotografiar a un peluquero ambulante en plena actividad. El templo no es como los nuestros, no se trata de un gran recinto  si no de varios pequeños templetes que alojan diversos altares con las imágenes de los personajes del santoral tao,  En este caso, como en todos los portales y recintos que visitamos, el artesonado es lo que más llama la atención por su complejidad estructural y por la belleza y color de los trazos y figuras que lo decoran.

Luego tomamos un taxi que nos llevó al Palacio de Verano.  Este conjunto de palacetes está enmarcado por una inmensa laguna artificial. Pasamos al otro lado en una embarcación  con cabeza de dragón, lo cual no es nada raro, por que los dragones –felizmente de a mentira- están por todas partes en este fabuloso país

Al regreso de esta visita, tomamos un taxi con taxímetro. Euge, premunido de un mapa, seguía atento el curso de los acontecimientos. Fue así como detectó que algo raro ocurría  con el taxímetro, pues daba saltos mortales a cada descuido del copiloto; con la furia familiar que nos adorna,  dio a entender al chofer que nos estaba estafando, cosa que comprendió fácilmente. A cada rato volteaba para ver si Euge estaba al tanto de sus operaciones y con rabia le decía  Geló, Geló Geló, para distraerlo. Parece que la fama de los choferes de taxi traspasa los límites de todas las fronteras y océanos. Ni la gran muralla nos pone a salvo.

Una de esas tardes fuimos a visitar el Templo del Cielo. Avesamos el territorio de canto a canto, pasando por lugares como el espectacular de los nueve círculos de mármol –nueve es el número clave del universo chino- Una larga calle marginada con faroles de color nos llevó a otras construcciones, siempre de bellísimos artesonados. Aquí estuvimos intentando comunicarnos a través de una pared semicircular, que dicen, permite escuchar a la otra persona de extremo a extremo con gran nitidez. Luego de varios intentos llegamos a la conclusión de que el sistema solo transmitía en Chino. También me paré sobre una pequeña piedra convexa desde donde la voz alcanza sonoridades especiales. La gente se para y dice algo. Luego el siguiente, que fui yo, dije: ¡Viva el Perú Carajo! Sin percibir el efecto mágico anunciado. Así son los misterios del mundo chino. Parece que hay que poner más fe en el empeño y no decir grocerías.

Entre los lugares que era imposible no visitar estaban las casas de te. Tomamos un taxi, le dimos la dirección y terminamos desembarcados en una calle oscura y solitaria. Vimos un pequeño letrero… Te house. Nos ubicaron en una pequeña habitación adornada con pinturas e instrumentos musicales colgados de las paredes. Nos sentamos en cómodos sillones y empezamos a oír música china y sentir el aroma del incienso. Una chinita nos trajo te una y otra vez. La atmósfera era alucinante, recorríamos los ojos por los objetos y pinturas.  Sentimos un estado de paz interior maravilloso. Después de un  rato, que no se calcular, nos despedimos de nuestros atentos anfitriones. Fue una experiencia singular.

En Chengdú, Eugenio trabajó con el amigo Jashín y colegas de la universidad en el cometido del viaje, en tanto que yo comenzaba a sentir los primero síntomas del resfrío que Eugenio me había pulcramente contagiado durante los días en Pekín. De todas maneras salimos a pasear por las mañanas en busca ¡de café! Que no lo había en el hotel de tres estrellas que nos habían reservado –su nombre: Hotel Académico- supongo para invitados de nuestra categoría.

Fuimos a la reserva donde viven los pandas. Estos bellos animales son diestros pelando los palitos de bambú. No se alimentan de los troncos si no de las ramitas. Las pelan empleando los dientes y solo una mano, con una destreza que tiene que ser  china, luego las mastican con las muelas de un lado. Los pequeños pandas, al cuidado directo del personal, son los más fotografiados. Muchos niños visitaban el lugar acompañados de sus maestras.  Al reconocernos como gente de ojo redondo les encantaba decirnos  geló – geló – geló y morirse chinos de risa.

En Xi-an, capital que fue del imperio a lo largo de varias dinastías, el atractivo principal era ver a los soldados de terracota. Nos tocó el único día frió y lluvioso de todo el recorrido. Fuimos en un pequeño bus con otros turistas, entre ellos un joven chileno, que tuvo la iniciativa de prestarme un chaleco que traía puesto a fin de evitar que mi resfrío se convirtiera en una pulmonía doble.

Solo viendo el lugar personalmente uno puede formarse idea de su magnitud. Son tres grandes espacios. El más extenso es bastante mayor que una cancha de fútbol. Los soldados hechos de barro cocido tienen el tamaño natural. Además, hay caballos y restos de carretas. Los otros, dos espacios tanto como el anterior,  están protegidos bajo techo, y todavía en trabajos a medio descubrir.

Nuestro hotel en Xi-an estaba en el centro de la ciudad, muy cerca del palacio y de partes de la muralla que en su momento circundaba la ciudad. Rodea el lugar un amplio espacio en una de cuyas esquinas está la gran campana de la ciudad; a cambio de cinco Yi yuans nos permitieron tocar tres veces la antigua campana. La campana  se toca golpeándola con una viga de madera suspendida que se desplaza en vaivén. Me tocaron dos golpes en mérito a los años irrecuperables de mi vida.

Hablando de antigüedades les comentaré que en la puerta de este palacio vimos un aviso que informaba que después de los sesenta años la entrada era por la mitad. Eugenio me señaló creyendo que eso bastaba. La boletera, una señora, escrupulosa guardiana de los dineros del estado, solicitó mi pasaporte, después de examinar la fecha de nacimiento y hechos los cálculos del caso, me dejó entrar gratis, pues pasaba de los setenta, edad que según parece no es para andar trajinando por mundos extraños, de modo que para la filosofía y contabilidad china es como si no hubiera entrado.

Tampoco puedo dejar sin comentario nuestra experiencia gastronómica. A parte del desayuno ya mencionado, les diremos que lo que probamos no se parece en nada a la comida de los chifas del Perú, perdonen la franqueza. Los nombres que recordaba de nuestros menús chinos no son conocidos en las ciudades que visitamos. Nos dijeron que tales platos podían ser de Cantón. Lo cierto es que cuando estábamos solos nos deleitábamos con los pollos de KFC, las hamburguesas  Mc o las pastas  Hut. Nos pareció increíble el número de estos establecimientos en todas partes.

Entre lo más sorprendente del desarrollo comercial están las grandes tiendas de epartamentos. Entramos a una en Pekín y otra en Xi-an, ambas enormes en sus tres dimensiones. Escaleras mecánicas y ascensores transparentes por todas partes. En la  tienda de Pekín, no muy lejos de nuestro hotel descubrimos un Starbuck y una pastelería que nos devolvieron a la vida y a la confianza en la divina providencia.  Por otro lado, el desarrollo urbanístico es colosal, las enormes grúas en pleno trabajo se ven por doquier.

Olvidaba contarles que el último día en Chengdú fuimos a ver el colosal buda de setenta y ocho metros de altura, esculpido en piedra rosa al  pie de un río. Lo presenciamos  todo el rato que la embarcación se detuvo para las fotos de rigor.  Va, a modo de aporte personal al relato, un poema  que se me ha ocurrido en una noche de insomnio Jet-lag, Pretende inspirarse en el estilo de los poemas chinos . Y dice así

El sapo y la luna.

El sapo croa y mira a la luna,
la luna callada mira al sapo.

El sapo y la luna se miran
en las aguas del lago

El sapo se mira en las aguas
del lago a la luz de la luna.

El sapo no vuelve a croar
Eso le pasa por sapo.


  * Profesor extraordinario-investigador de la Facultad de Estomatologia de la Universidad Peruana Cayetano Heredia de la cual fue gestor, fundador y primer Decano. Consultor de OPS/OMS desde 1967. Ex Director de Programas de la Fundación Kellogg. Ex-asesor de la Presidencia de FOLA/ORAL. Docente de Odontología desde 1955. Autor de los libros "Educación en Odontología - Manual del Profesor y Aprendizaje Intensivo a Dedicación Exclusiva. Coautor de "La practica Estomatologica en el Peru - encuesta nacional -"


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